lunes, 9 de diciembre de 2013

En busca de la libertad perdida



Si hemos de calificar a esta mágica palabra, diremos que la libertad es el aliento supremo de la vida. Con la libertad puedes respirar a plenitud, es el alimento más nutritivo, el agua que sacia la sed del cuerpo y el alma, el aire que purifica los pulmones, la transparencia que observas más allá de tu ventana, la ropa que te cubre, la sábana que arropa tus sueños profundos y sobre todo el carnet de identidad que muestras con orgullo en cualquier encuentro fraternal. Sin embargo, también hay que hablar de la otra parte inseparable del significado de libertad; esto es: ética, moralidad, respeto, honestidad y muy especialmente, responsabilidad. Para alcanzar la verdadera libertad es necesario que aprendamos de cada uno de nuestros errores, y no alarmarnos por las caídas, sino levantarnos, tratar de no caer de nuevo y seguir adelante sin perder de vista el objetivo, siendo responsables por cada acto, cada pensamiento y cada deseo. No obstante, libertad no es compatible con revolución (la historia lo confirma) y a cualquier revolucionario que lo merezca, podemos respetarlo, homenajearlo, colgarle al cuello una medalla, pero jamás deberíamos darle la posibilidad de gobernar, porque cuando triunfan (de la forma que sea) sienten que aquel poder es suyo y nadie podrá arrebatárselo, porque se hacen a la idea de que ningún otro ser humano está capacitado para ejercerlo y es entonces cuando sobreviene el caos, la incertidumbre, la desorganización, la barbarie y se coarta la libertad. Comienzan por acusar de enemigo de la nación a todo el que ose criticar sus actos y su manera de gobernar; nunca reconocen sus errores; el culpable de todos los males siempre está fuera; la justicia se convierte en “mi justicia”, la policía es “mi policía” encargada de taparle la boca a quien “hable demasiado” y llegará el momento en que hasta los perros tendrán que “pedir permiso” para poder ladrar.
En este momento y a partir de ahora, tú que me lees, eres totalmente libre para quedarte quieto, no actuar según tu convencimiento, ignorar tu responsabilidad, esconderte, “hacerte el loco”, y también tienes libertad para enfrentar la ignominia, echar el miedo a la espalda y gritar tu disconformidad en cualquier esquina, buscar la verdad donde quiera que esté y por sobre todas las cosas, piensa en los años perdidos con peleas estériles, retórica inútil y odios multiplicándose como la hiedra en las paredes de la discrepancia; así mismo, imagínate el futuro, con la maldad, el desprecio y la hostilidad como norma de conducta, promovida desde el reinado central a todos los pueblos y ciudades a lo largo y ancho del país. Ya lo dijo Rudyard Kipling: “Persistir es la orden”.
Que no nos ocurra como aquel elefante de circo que permanecía atado a una pequeña estaca todo el día y la gente que paseaba por el lugar, al observar el gigantesco animal se preguntaba cómo no intentaba escapar, si aquel palo clavado en el suelo podría arrancarlo con un leve tirón de su enorme pata. Uno de los trabajadores que se encargaban de limpiar el lugar y dar de comer a los animales, les dio la respuesta oportuna: “El elefante podría escapar sin ningún problema y buscar la libertad, pero como ha vivido atado a esa cuerda desde que era un bebé, no lo sabe, además está conforme con la comida que le dan por salir solo unos minutos a bailar al son de la música que le toquen”.  
Julio M. Prado - Dic. 2013